“1860, convento austriaco de Brünn:

-Hermano, ¿ha visto al padre Gregor? Lo estoy buscando.

-Sí, hermano. Acabo de pasar por el huerto y allí estaba.

-¿Con los guisantes todavía? No sé porque pierde el tiempo con esas cosas, si total, para lo que sirve.”

Recientemente la NASA ha descubierto la existencia de agua líquida en Marte. En parte, las ingentes cantidades de dinero en proyectos espaciales han derivado en saber que, bajo ciertas condiciones, hay agua líquida no potable en un pedazo de roca a bastantes meses de viaje espacial. Algunas personan han dicho que nos estamos gastando una fortuna en descubrir agua en otros planetas mientras en muchas zonas de la Tierra, la gente se muere de sed por falta inversión en nuevos pozos, potabilización de aguas o unos buenos sistemas de canalización.

Es normal que surja este argumento. Normalmente la investigación no es fácil de entender. Sin embargo, explicar de un modo sencillo la relevancia del trabajo científico es clave para generar una cultura científica y ayuda a combatir el analfabetismo científico. Por lo tanto, los investigadores deben ser capaces de responder a esta pregunta:

Y eso que haces, ¿para qué sirve?

Las ramas aplicadas de toda disciplina científica responden rápidamente a esta cuestión. Las ramas de investigación básica… allí la cosa se complica. Algunos investigadores sudan cuando la prensa les hace este tipo de preguntas. Pero, ¿qué pasaría si hiciéramos esta misma pregunta a un artista?

¿De qué sirve un cuadro de Andy Warhol, el David de Miguel Ángel, o un poema de Mario Benedetti? En la filosofía existe la función estética. Esta dice que las cosas pueden tener una función simplemente por ser “bellas”. Se valora el desafío humano que supone crear esas obras, la emoción que generan o el mensaje para el resto de sociedad. Gracias a su función estética, las obras de arte tienen un valor aunque su utilidad práctica sea dudosa.

En ciencia, hay trabajos de investigación básica que son auténticos monumentos a la capacidad humana. Tesis en biología molecular que diseccionan con precisión de relojero mecanismos evolutivos tan antiguos como los primeros seres vivos o teoremas que nos definen mejor que palabras. Todo ese trabajo tiene un valor.

A mediados del siglo XIX, los experimentos de Gregor Johann Mendel cruzando guisantes no tenían ninguna utilidad práctica. Sin embargo, su meticulosidad durante los años que duró el trabajo, los papeles con esquemas donde garabateó sus primeras hipótesis y los días que pasó pensando en esos guisantes dieron un valor propio a todo ese trabajo.

Hace 150 años que Mendel presentó sus estudios por primera vez. Ahora tenemos la capacidad de generar organismos transgénicos y posiblemente la terapia génica será de gran ayuda en el futuro próximo contra muchas enfermedades incurables. Sin embargo, sin el conocimiento de base generados por trabajos como el de Mendel, estas técnicas de manipulación genética serían inútiles. Para esto sirve cruzar distintas especies de guisantes durante años.

Y es que la ciencia, aunque no siempre va en línea recta, siempre va hacia adelante.

Pablo @pjbarrecheguren

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