La semana pasada vi una de las actuaciones que se hicieron en Naukas Kids para fomentar la vocación científica en los chavales. Al principio no noté nada, pero poco a poco, mientras Orilo y Arlequino dejaban boquiabiertos a unos niños pequeños, noté la ilusión por la ciencia creciendo en mi interior. De repente yo también quería ser un químico destrullinate, un pirombero o un experto lanzador de cohetes espaciales. En el momento álgido de ese sentimiento recordé una cosa: que soy doctor en biomedicina. Y entonces me pregunté qué me había pasado, dónde estaba ese chaval en mi interior que observaba la ciencia con los ojos muy abiertos.

Mi ilusión por la ciencia aún estaba y creció durante la carrera donde aprendí química destrullinate. Si hay algo mejor que ver ciencia, es estudiar ciencia. En clase te entraban las ecuaciones por los ojos directamente hacia tu cerebro, y algo tenía que cambiar cuando el conocimiento cruzaba el cristalino porque después de aprender ciertas cosas ya no veías el mundo igual. Hervir pasta se volvió cuestión de termodinámica, tener un catarro se convirtió en un interesante proceso inmunológico y mirar hacia el cielo era como ver todo el universo moviéndose en equilibrio.

Cuando empecé la tesis a mí no me interesaba lanzar cohetes espaciales pero quería curar el cáncer. Tenía la formación adecuada, mucha motivación, e iba, muy posiblemente, a ganar el Premio Nobel. Como les pasa a muchos, acabé quemado. Al niño que corría por los pasillos del laboratorio con la bata como si fuera una capa le dieron palos hasta en el carnet de identidad. Recuerdo muchos de los argumentos que justificaron la paliza: una tesis doctoral no la hace cualquiera, este no es un trabajo de nueve a cinco, todos tenemos nuestros problemas, en la ciencia disfrutamos de muchas libertades pero también hay que hacer sacrificios, cada uno tiene que encontrar la motivación por sí mismo… de todos ellos, el que me tocaba más las gónadas era el último, ¡pero si yo había llegado motivado a la tesis!

Es curioso lo de la motivación por la ciencia. Tengo la impresión de que, afortunadamente, cada vez más la educación científica de los pequeños se basa en motivarlos de todas las formas posibles. Desafortunadamente, en las fases adultas la motivación se suele descuidar bastante. Se da por hecho que el científico debe estar motivado y se valoran otras cualidades: inteligencia, capacidad de trabajo, publicaciones anteriores… Es como si los científicos fuéramos por definición máquinas de motivación perpetuas. Sin embargo, en la ciencia se respetan las leyes de termodinámica, y de poco vale que tener al mejor investigador del mundo si al final acaba quemado y no tiene ganas de levantarse de la cama para ir al laboratorio.

Una ciencia que descuida los aspectos humanos de sus trabajadores es una ciencia que se levanta sobre los hombros de mucha gente desmotivada. Es una ciencia triste. Quizás funcional, pero triste. Y como está científicamente demostrado que es mejor la felicidad que la tristeza, en la comunidad científica deberíamos empezar a tratar estos temas seriamente. Olvidaros de mejorar la ciencia a base de nuevas técnicas, aparatos y teoremas, ¡hagamos un cambio de paradigma! Lo que realmente necesita la carrera científica es un cambio de actitud donde empatía, solidaridad y compañerismo empiecen a valer tanto como competitividad, excelencia, o impact factor.

Así, poco a poco los científicos podremos volver a ser algo que nunca deberíamos haber dejado de ser: niños grandes jugando con láseres, explosiones, bichejos o telescopios.

 Pablo @pjbarrecheguren

Advertisements