Cerca de mi casa está el colegio donde me crie. Es un edificio viejo de ladrillo con un patio muy amplio de cemento. Sobre el suelo están pintadas las líneas para jugar a varios deportes, sin embargo, solo hay porterías de fútbol y canastas de baloncesto. Ambos son los deportes mayoritarios durante el recreo, aunque claro, es difícil jugar al voleibol cuando no hay una red, y si diez chavales quieren jugar al balonmano tienen que competir por el uso de las pistas contra todos los de fútbol.

En la televisión lo que lo peta es el cotilleo y el morbo. La parrilla de Telecinco está llena de programas que revientan la audiencia con un contenido muy deficiente y una ética bastante cuestionable. Pero vende, da mucha audiencia y a la gente le gusta. Así que ocupan las mejores posiciones en las parrillas televisivas. Siguiendo la misma idea pero cambiando los chonis por los pijos, el programa: Corazón, de Anne Igartiburu, consume de lunes a domingo toda la franja de 14:30-15:00 de una televisión pública. Mientras tanto, Orbita Laika tiene una sola aparición semanal de 23:30-00:30 los miércoles.

Si uno se fija en el patio de cualquier colegio público, hay poco donde elegir y al final los chavales juegan a lo que pueden, y en la mayoría de los casos les acaba gustado porque es con lo que van creciendo. Además, cuando se proponen nuevas actividades, normalmente no se llenan los grupos, es difícil hacer liguillas infantiles… y tras muchos esfuerzos la nueva actividad se acaba cancelando en uno o dos años. Pues con los programas de televisión y radio pasa lo mismo. Pero esto ocurre porque las cosas tienen una inercia social, y porque ahora mismo el contenido es mucho menos importante que la audiencia, que se ha convertido en el impact factor de los medios de comunicación.

Quizás es hora de que los medios, especialmente los públicos, empiecen a evaluar seriamente el contenido que dan y su valor social. Esto del valor social de un programa de televisión o radio puede sonar a chorrada, pero si en vez de tener en la parrilla televisiva a señores y señoras como Mariló Montero, que aconsejaba oler limones para combatir el cáncer, tenemos a buenos divulgadores que expliquen, por ejemplo, que los antibióticos no hacen nada contra la gripe, pues oye, quizás se venderán menos limones pero la gente dejará de automedicarse antibióticos cuando no les toca y como sociedad nos ahorraremos todos una pasta, que es exactamente lo que cuesta combatir los problemas sanitarios de superesistencias a antibióticos. Al menos ese ahorro ya le debería subir dos puntos el impact factor del programa.

Pero más allá del dinero o la audiencia, es necesario que se deje de dar la espalda al contenido porque eso nos conduce hacia la incultura. El 25% de la población que cree que el sol gira alrededor de la tierra nace, en parte, del poco valor que los medios le dan a la cultura científica. Y esto, teniendo en cuenta que cada vez más la ciencia está presente en todos los aspectos de nuestra vida, es grave. La homeopatía o los grupos antivacunas sobreviven gracias a que nos falla una cultura básica, pero sólida, en estos temas. Así, vivimos en un país donde mientras el Instituto Cajal del CSIC no consigue ayudas para poder hacer un museo a Ramón y Cajal, un niño de seis años muere en Olot por no haber sido vacunado contra la difteria.

Para superar esta situación, es necesario dejar de tener una divulgación científica de extrarradio y darle una oportunidad real. Como sociedad, nos merecemos un contenido que nos ofrezca algo más que entretenimiento. El contenido de los medios nos debe ayudar a mejorar, tiene que levantarnos del sofá en vez de clavarnos sobre él. Porque si no, a este paso la gran mayoría de nosotros acabaremos llenando toda nuestra vida con chismorreos y banalidades mientras las verdaderas maravillas del universo, permanecen ocultas.

Pablo @pjbarrecheguren

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