Si hay algo que necesita la investigación científica, es excelencia. Al menos, eso dicen. Últimamente parece que la ciencia, en vez de buscar el conocimiento, lo que busca es la excelencia.

Pero, ¿qué es la excelencia? La excelencia es una idea subjetiva aún por definir. Sin embargo, sea lo que sea, está clara su última función: diferenciar un centro, persona, laboratorio, o institución con la etiqueta “excelente”, de otros no tan excelentes. Esta línea divisoria va acompañada de una política donde en vez de potenciar todos los sectores científicos, se  favorece más a unos que a otros. Esta estrategia, con sus pros y sus contras, acentúa la desventaja inicial que tuvieran los centros “no excelentes” al conceder una mayor cantidad de dinero, acceso prioritario a iniciativas de la secretaría de investigación, y reputación, a los centros etiquetados como excelentes.

Aquí, la pregunta lógica es si de verdad existe ciencia excelente y ciencia no excelente.

Aparentemente, sí. Los científicos publican sus datos en revistas científicas para que  toda la comunidad científica pueda tener acceso a ellos. Actualmente, estas revistas  se ordenan  según una escala numérica conocida como impact factor. Este número se calcula para cada revista dividiendo el número citaciones que ha tenido la revista en los últimos años (C), por el número de artículos publicados en esos años (A). Simplificando un poco, se supone que cuanto mayor es el producto de la división C/A, mejor  es el contenido científico de la revista. Y a mayor impact factor, también más prestigio. Esto ha hecho que publicar en  revistas de alto impact factor como Nature o Science, se haya convertido en el sueño de muchos científicos.

Pero, ¿qué tienen de especial estas revistas? No mucho, aunque es cierto que son buenas revistas: una buena revista científica tiene un sistema de revisión de los contenidos que trata de garantizar la veracidad de los resultados y las conclusiones. Así que hay revistas buenas y revistas malas, pero… ¿hay publicaciones excelentes y no excelentes? Esto es discutible. En muchas ocasiones estas revistas tienen un mayor impact factor simplemente porque  abordan cuestiones de cierta popularidad o porque los experimentos presentados en ellas son de una complejidad técnica-presupuestaria que no se los puede permitir cualquiera.

Publicar en revistas de prestigio es clave para los investigadores. Dónde y cúanto ha publicado un investigador es muy importante en los procesos de evaluación. Así que es el impact factor de la revista, y no el contenido científico del artículo publicado, lo que muchas veces decide si el investigador consigue un proyecto o no. Esto, obviamente, ha llevado a muchos investigadores a tratar de aparecer  en estas revistas como sea. Ya que las revistas más prestigiosas suelen tratar temas de cierta popularidad, es frecuente que los científicos intenten relacionar de algún modo su trabajo con el cáncer, alzhéimer, células madre, etc… aunque esto carezca de sentido en sus líneas de trabajo. Y, si el presupuesto lo permite, también se suelen utilizar innecesariamente técnicas caras no porque sean más informativas, sino porque usarlas te diferencia de los que no tienen esos medios y aumenta tus posibilidades de entrar en ciertas revistas.

La alta competitividad y la búsqueda constante de la excelencia nos han llevado a la mala praxis. La excelencia se ha convertido en una forma de elitismo científico, que en muchos casos ha acabado alimentando egos en vez de ciencia.

Esto no debería ser así. Buscar el prestigio científico está degradando nuestra calidad como científicos. La ciencia no es algo que se deba vender al mejor postor, es un regalo a la humanidad. Y los centros de excelencia, entendidos como los sitios que funcionan como punta de lanza del sistema investigador, deberían ser siempre santuarios donde se defiende la ciencia en cualquiera de sus formas, no marionetas que cambian sus políticas de investigación según las modas. Debemos aspirar a más y no vendernos al populismo científico.

 

Pablo @pjbarrecheguren

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