Viendo cómo anda la humanidad, está claro que no hemos llegado a nuestro máximo evolutivo. De hecho, cada vez se habla más de una posible coevolución en la que el hombre y la máquina irán de la mano. Y si no, mirad como ahora la gente vive pegada al teléfono móvil. Smatphone, smartTV, smartcar… la inteligencia artificial, repartida por todas partes: ciudades inteligentes, coches inteligentes, neveras que te hablan… ¿para cuándo políticos inteligentes? Yo, con un 3%, me conformo.

Este es un buen punto a tratar. Se augura que vamos a ser capaces de construir máquinas basadas en un hardware tan sofisticado que podrán efectuar un billón de operaciones por segundo, superando así la inteligencia humana. Una especie de Hal9000 o de auténtico replicante. Pero claro, imitar el comportamiento humano no es ser un humano. Y por muy sofisticada que sea la copia, no dejara de ser eso, una copia.

A parte de la inteligencia artífical, está también la biónica. La combinación de la investigación en neurociencia, robótica, impresión 3D y nuevos materiales ha dado lugar a la creación de prótesis robóticas, como brazos y piernas, controladas directamente con la mente. Nos empezamos a convertir en ciborgs… ya hay ejemplos por todas partes:

  • Neil Harbisson es un artista con acromatopsia, que como todo el mundo sabe, es que no puede ver los colores. Gracias a un ciber-ojo en la cara, es capaz de percibir los colores, más colores incluso que los seres humanos normales, a lo pulpo o que sé yo…
  • Nigel Ackland, que perdió un brazo en un accidente laboral y ahora tiene un brazo robótico que mueve y controla con su mente a lo Charlize Therone en Mad Max.
  • O Belén Esteban que ha substituido todas las células de su cuerpo por Bottox y siliconas artificiales… bueno, todas no, o dejaría de ser humana. Se ha quedado con su tejido adiposo natural

¿Dónde está el límite? ¡En la genética! El otro día, tomando algo en un bar, uno de mis amigos… bueno, amigos no, que soy científico. Uno de mis conocidos dijo “pues si utilizamos solo un 10% de nuestro cerebro, con modificaciones genéticas podríamos crear unos seres humanos súper inteligentes, que usaran el 100% y entonces…”Alto, alto, alto, alto. Cuidadín con la Puticiencia. A la hora de imaginar las puertas que nos abre la genética y los avances científicos, hay que andarse con mucho ojito. Si eliges mal, acabas rodando Jurassic World.

Y es que la ingeniería genética nos ofrece un amplísimo campo de investigación en el que todavía tenemos que andar con pies de plomo. Conocemos el significado de una pequeñísima parta de los tres mil doscientos millones de letras que conforman nuestro genoma, y aunque podemos predecir con gran exactitud determinadas enfermedades de bebés nonatos con un sencillo análisis genético, todavía hay muchas características que no sabemos leer en nuestro ADN. Así que “Un mundo feliz”, afortunadamente, tendrá que esperar.

Pero imaginemos que sí, que podemos conocernos totalmente leyendo nuestra genética y nuestra epigenética… el ADN no es una cosa que se lea en el sofá de casa con la tele de fondo, no. Necesitamos grandes empresas de secuenciación y de bioinformática capaces de descifrar y manipular estos datos ¿Y cuánto nos costaría? ¿Quién tendría acceso a seleccionar a la carta a su descendencia o incluso a cambiar su propio genoma? ¿Sería este el inicio de un salto de gigante en las diferencias entre ricos y pobres? No solo estamos hablando de riqueza, estamos hablando nuestra evolución como especie.

La humanidad está a las puertas de un nuevo salto evolutivo basado en las posibilidades de manipulación de sus genes y en las de la simbiosis hombre-máquina, lo que ha dado origen a diversos escenarios de evolución que, por un lado, asustan, y por otro son motivo de esperanza. Lo único que está claro es que, al final, todo dependerá del uso que los humanos demos a la tecnología.

Oriol

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