Todos sabemos quién fue Vincent van Gogh. Era un perdedor, un borracho, un putero y estaba mal de la cabeza. Y fue también un gran artista, un hombre de una sensibilidad extraordinaria, un genio, pero frágil.

Vincent murió al norte de París en 1890. Se suicidó. Se pegó dos tiros en pecho y estómago. Agonizó por las heridas durante dos días antes de morir. A su lado, su hermano Theo. Seis meses después, gravemente enfermo, moriría Theo y su viuda se encargó de que no se perdiera el mayor tesoro de Theo: los cuadros de su hermano. Durante años Theo había apoyado a su hermano moral y económicamente, recogiendo su trabajo cuando nadie más lo quería. No es solo que quisiera a su hermano, sino que también creía en él. Theo no era un genio, pero era algo sólido a lo que agarrarse y sin eso, Vincent seguramente hubiera muerto bastante antes.

Cuando uno piensa en los grandes genios de la ciencia, los ve allí arriba, solos, aislados en su genialidad. Pero eso nunca fue completamente así. Seguramente todos tuvieron en algún momento un Theo en su vida. Muchos científicos hemos soñado en convertirnos en el próximo Albert Einstein, Marie Skłodowska-Curie, Lynn Margulis o Stephen Hawking. Y mientras perseguimos esa meta, nos olvidamos que pocos llegan tan alto solos.

Nuestra ambición tiene parte de culpa en todo esto, pero también es verdad que el individualismo científico se lleva fomentando desde hace mucho tiempo. Se nos alienta más a competir que a cooperar. Frases como “es tu proyecto, es tu responsabilidad” han moldeado la mentalidad científica. Pero, nunca es completamente tuyo un proyecto ni toda la responsabilidad te pertenece. En ciencia todo se mezcla: hay compañeros que ha puesto a punto técnicas que tú utilizarás, tu línea de trabajo viene de otras líneas anteriores, alguien te da una buena idea en una reunión de grupo, tu mejor compañero de laboratorio cuidó de tus experimentos cuando te pusiste enfermo o leyendo los artículos de un desconocido aprendes algo vital para tu proyecto. Cuanta más cooperación hay, mejor va un laboratorio. Y ahora, con la creciente complejidad experimental de algunas ramas, la ciencia de calidad es necesariamente un deporte de equipo.

Siendo como son las cosas, lo normal es que la idea de “yo descubriendo los misterios del universo”, ya hubiera evolucionado a “mis colegas y yo descubriendo los misterios del universo”, pero… estas ideas del trabajo en equipo suenan tonterías cuando la realidad te golpea en forma de “es tu marrón y no el mío”.  A la hora de la verdad, en la gran carrera científica muchos jefes e incluso compañeros te echan una mano cuando lo necesitas, pero al cuello. Y aprietan. Esta falta de colaboración tiene dos precios: el primero, tu salud. Hace poco leí que casi la mitad de los científicos o están en depresión clínica o la han sufrido en algún momento de su carrera. Y me lo creo. Y es vergonzoso.

Pero hay una segunda víctima en esta falta de empatía: la ciencia. La falta de cooperación es ineficiente, afecta a la calidad y cantidad de investigación que puede producir un grupo. Cuando la comunicación falla, diferentes personas repiten los mismos errores y se tarda más en detectarlos. Si la gente se quema trabajando, su productividad cae, etc…

Hay que tomar conciencia de que como científicos individuales, somos muy vulnerables a las putadas inevitables que tiene la investigación, pero como grupo somos más sólidos. Hay una mejora cualitativa que se nota cuando las cosas fluyen y convierte muchos desafíos científicos en algo asequible, sin que tengamos ya que inmolarnos en el intento para superarlos.

Pero sobre todo, en equipo la ciencia se disfruta más. Si la gente no está harta de su trabajo, las discusiones científicas empiezan a surgir en los laboratorios, se intercambian de un modo natural ideas o consejos prácticos en los cafés, y hacer ciencia deja de ser algo mecánico y se convierte en algo apasionante. Y la pasión, es un motor de trabajo mucho más potente que la ambición o el miedo.

Por todo esto, debemos dejar de idolatrar tanto a los genios, que además son muy pocos, y empezar valorar más a los Theos de la ciencia.

 

Pablo @pjbarrecheguren

 

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