Somos de Big Van, La Teoría del Furgonetón. Y es que rodamos por todas partes en una pedazo de furgoneta, en teoría, repartiendo a diestro y siniestro ciencia. Porque la ciencia es acojonante y todos tenemos que darla a conocer. Para surcar el espacio-tiempo como manda un buen protocolo de laboratorio, hay que disponer de un vehículo poderoso, de un furgonetón. Algunos listillos estaréis pensando en una furgoneta gigante que viaja a la velocidad de la luz pero… ¿para qué? Si debido a efectos relativistas la veríamos pequeñiiiiiita, ¡y eso sería lamentable! Aunque en ocasiones me gustaría que fuera enorme ¡¡para aplastar el plató de mujeres, hombres y vic…!! Amigos, imaginaos el furgonetón como el coche fantástico… pero mejor.

El furgonetón monta un motor eléctrico de locomotora sobrealimentado por haces de partículas subatómicas. Esto es: bacterias electrógenas de la especie Geobacter sulfurreducens que oxidan compuestos orgánicos de aguas residuales, o mierda, produciendo un flujo de electrones y liberando protones. Los primeros constituyen la corriente eléctrica del sistema primario y los protones se envían a un acelerador que los dispara hacia la turbina del turbocompresor, generando un par motor que desarrolla potencias de naves espaciales. Por supuesto, todos los parámetros de los sistemas electromecánicos son detectados por biosensores. El más importante es el detector de gases y hormonas sexuales: un canario.

La furgoneta, por dentro, es como cualquier otra. Tiene volante, pedales, cambio de marchas, en la consola, que abajo molesta, salpicadero… ¿qué diablos se supone que salpica ahí? Dispone de emisora de radio, microondas, arco iris, ultravioleta y rayos X, en orden de menor a mayor energía. Tiene camerino con vestuario, puntero láser, sobres para gestionar… cosas, pimentón de Candeleda, una computadora y un póster de la V edición del Frikoño, con nuestra primera actuación en El Viajero. La computadora la usamos para calcular distancias por paralaje trigonométrica y averiguar si es pácil o no pácil encontrar la ruta más rápida, más barata y con paisajes más bonitos, todo junto. Si es pácil, emprendemos el viaje.

El chófer es Matías, nuestro amigo invisible.

¿Por qué no? Somos científicos. El copiloto es Chiquito de la Calzada y, en algún lugar de esta historia del automovilismo, nos hallamos nosotros.

No hemos dicho nada de la estética. Nuestro vehículo está basado en la preciosidad de la Volkswagen Transporter de mediados de siglo. No es de extrañar que la furgoneta por antonomasia fuera un símbolo del ¡flower power! No tiene pintura… No es azul ni rosa ni estampada en flores. La carrocería, de adamantio y bañada en níquel-cromo, está recubierta de metamateriales, por lo que puede hacerse invisible al piratear las ondas de luz transformándolas en microondas. A la capa de metamaterial le sigue una de “el nanomaterial”: el grafeno, porque ¡va a revolucionar el mundo! Y, finalmente, un biofilm de naturaleza moco protector de Escherichia coli modificada genéticamente para habitar a la intemperie y con enzimas en la membrana exterior para la autolimpieza de la carrocería. Con semejante barrera de protección, ni los rayos cósmicos podrían penetrar en nuestro furgonetón, a menos que abras la puerta. Pero vaya, para entrar tenemos un dispositivo de seguridad; una voz con el timbre de Darth Vader te pregunta: ¿puedes demostrar que has entrado?

El furgonetón es acuático y por descontado, puede sumergirse. Las ruedas se invierten para exponer unas esponjas marinas hermafroditas capaces de absorber agua y expulsarla cual estatorreactor propulsando el furgón a través de las llanuras abisales. En ocasiones, durante la operación, se pueden desprender montoneras de espermatozoides u óvulos, produciendo una estela majestuosa digna de un espectáculo cósmico. En tierra, las esponjas se encuentran dentro del amortiguador. Son tan especiales mecánicamente, que podrían absorber las vibraciones más potentes de las ondas S de un terremoto.

Quizá no tenga flores pintadas, pero por dentro es una monada. En litronas de calimotxo vacías, tenemos en cultivo un montón de plantitas tan peludas como los peluches de Plasmodium que anidan en ellas. Son peluches causantes de la malaria… Pero nosotros estamos a salvo y listos para actuar.

– ¿Cómo es la teoría del furgonetón?

– Te la he contado.

– ¿Dónde está el furgonetón?

– ¡A puntito en el taller!

 

Alberto @AlberPorcar

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