Porrusalda de bacalao, langostinos con salsa rosa, pavo a la naranja, picantones rellenos, almejas a la marinera, un cerdo entero asado. Todo chorrea, todo mancha, y todo emana olores densos, dulzones, grasos. Es Navidad. Entre las múltiples tradiciones de esta época del año, además de volver a ver a Ramón García o discutir con tu cuñado, hay que comer hasta reventar. Qué belleza, comer tanto que tu hígado sufre y tus arterias se encogen asustadas. Total, es época de solidaridad y fraternidad, así que comencemos por engullir masivamente recursos alimentarios. Todo muy del primer mundo. Adoro la Navidad.

Y ahí estás tú, sobreviviendo en la sobremesa. Después de los atracones festivos, tu cuerpecito serrano tiene un trabajo innegable: intentar digerir y relocalizar todos lo que te has metido entre pecho y espalda. El primer impacto se lo lleva tu estómago, que con una capacidad de aproximadamente un litro se enfrenta a atracones que pueden duplicar su tamaño. Si está tu suegra, lo triplican. Inicialmente, el malestar es puramente físico, porque tu estómago tiene que expandirse aplastando órganos adyacentes y haciendo que te desabroches el cinturón, el botón, y en situaciones extremas, haciendo que te bajes la cremallera hasta los topes para poder dar salida a ese barrigón. Además, para hacer frente a todo ese alimento, tu estómago comienza a producir grandísimas cantidades de ácido clorhídrico con las que pretende degradar la comida. Ácido que puede subir por el esófago hasta llegar a la garganta, momento en el que piensas en tomarte un vasazo de bicarbonato para combatir la acidez, lo cual seguirá aumentando el volumen estomacal. Debido a su reacción con el ácido clorhídrico se producen grandes cantidades de gas, de dióxido de carbono, que hinchan el estómago aun más y ascienden por la garganta. Un lujo para los sentidos.

Los nutrientes, desde el intestino, comienzan a pasar a sangre y tu páncreas se pone como loco. Debido a la altísima cantidad de hidratos de carbono, es decir, de azúcares en sangre, al páncreas le da por segregar insulina como si la fueran a prohibir. La insulina es la hormona responsable de que el azúcar entre en las células y no se quede en la sangre “caramelizando” nuestras arterias. Gracias, insulina. Así, el azúcar comienza a entrar en tus órganos como el corazón, cerebro e hígado. En tu hígado el azúcar se convierte en glucógeno y se queda almacenado hasta que no cabe más. Cuando esto ocurre, tu cuerpo solo puede hacer una cosa: almacenar el exceso de glucosa en forma de grasa, michelín, flotador. Con tanta grasa alrededor de tu hígado, este empieza a funcionar… regulero. Tu hígado, ese órgano fundamental en el proceso de detoxificación del alcohol y los medicamentos, ambos básicos para superar las navidades, empieza a dejar de ser tan eficiente. Esto produce el segundo golpe navideño, un malestar generalizado que muy probablemente dura hasta reyes.

Y para postre: polvorones.

¿Y sabes qué es lo peor de todo? Enero. Sí, inicio de dietas inverosímiles donde acabarás creyendo que comer solo mandarinas o tupirte a batidos verdes arreglará tu salud y salvará tu apariencia física. Dietas que se publican en rigurosas páginas web con mujeres vestidas de blanco correteando por campos de margaritas. Mal remedio, déjame que te diga. En vez de todo esto, ¿por qué no decir que no a tiempo, le pese lo que le pese a tu suegra, y dejar a tu metabolismo tranquilo? Te sorprenderá la de gente que se te une a la lucha pasado el primer atracón. Son fechas de solidaridad y fraternidad: empieza contigo mismo.

Helena @HelenaArlequino

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