Estamos perdiendo la guerra. Y lo peor de todo, es que no nos estamos dando cuenta. Desde la última década, palmo a palmo las pseudociencias nos han ido ganando terreno sin que la comunidad científica organicemos una contraofensiva en condiciones. Vencemos en las escaramuzas, en las distancias cortas donde no se pueden escapar, pero el frente lo mueven ellos. 

Es una guerra de información para la que no estamos preparados. Unos datos contrastados por toda la comunidad científica, las armas más fiables para defender una idea, no sirven contra la propaganda. Ellos tienen un buen servicio de inteligencia que mueve influencias políticas y en la presas. Y como la homeopatía tiene un buen margen de beneficios por timar a la gente, pueden permitirse pagar cátedras universitarias, charlas abiertas al público y contratar a los gurús adecuados. Además, ellos saben dónde golpear y mantienen las distancias: aprovechando el terreno pantanoso de la incultura que ellos mismos potencian, van directos a la emoción fintando la razón y golpean siguiendo la inercia de una moda. Apuntan a objetivos vulnerables y disparan desde la niebla. Sin dar la cara si luego las cosas no funcionan. Y contra todo este macroejército, ¿qué es lo que tenemos la comunidad científica? Unos pocos divulgadores. Porque a diferencia de ser un gurú de pseudociencias, ser un divulgador científico no es ningún chollo.

Para empezar, hay un grave problema de intendencia: a día de hoy, ser divulgador científico no es una carrera profesional muy bien definida. Así que ya de entrada, es difícil saber laboralmente en lo que uno se mete. Esto hace que a corto plazo, normalmente a los científicos no les salga a cuenta dejar su carrera para impulsar un nuevo frente científico, y el trabajo divulgativo de muchos expertos queda reducido a lo que pueden sacar, a costa de su tiempo libre, para escribir algún libro, artículo o dar charlas. Así pues, mientras en el bando enemigo tienen una fuerte propaganda, la ciencia se defiende con lo que apaña, que no es suficiente.

Además, aislado y con pocos suministros, el divulgador científico también tiene que enfrentarse al fuego amigo. De puertas afuera, la divulgación mola, pero de puertas a dentro, para muchos investigadores la divulgación es un trabajo de segundo nivel para un científico. Dejar la Ciencia lo llamamos. Como si el divulgador olvidara el método científico, se le despojara de todo sus títulos anteriores y no trabajara por la ciencia. Es como si a un soldado, porque pasara de las trincheras a los servicios de inteligencia, se le dijera que ya no es un soldado y que ha abandonado la guerra. Esta situación suele minar bastante la moral del divulgador, aunque por suerte parece que esta idea empieza a ir cambiando.

Pese a todo, estamos perdiendo. Hemos cedido terreno en cada librería donde ahora se mezclan los libros de ciencia y pseudociencia en la sección de salud, en los foros donde se defiende posturas absurdas contra los organismos genéticamente modificados o en cada receta homeopática. Estamos ante un nivel de desinformación que solo se puede vencer apostando por la ciencia, pero de verdad. No hay que quedarse en los laboratorios, hay que mejorar toda la estructura a nivel burocrático, financiero, y también, de divulgación. Porque, como dijo una compañera: o mejoramos, o cualquier día descubrimos la cura del cáncer y la gente elige la homeopatía.

 

Pablo @pjbarrecheguren

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