Recientemente en una charla científica sobre neurología, le escuché decir tal frase al ponente que tuve que dejar de tomar nota y respirar profundamente. Mientras intentaba autoconvencerme de que había escuchado mal, aquel médico que venía de la mismísima Harvard repitió “si tú haces algo que ayuda al paciente, aunque no sepas exactamente qué es lo que has hecho o cómo funciona, estás siendo un buen médico con el paciente” Escuchar eso me digo ganas de lanzarle un guante de látex para desafiarle, allí mismo, a un duelo científico.

Pero no lo hice, porque bueno, seamos francos: si hubiera que hostiar a cada científico cada vez que mete la gamba, seguro que aquí pillábamos todos, el menda incluido. Además, entiendo en parte porque ese señor, médico de profesión, defendió durante toda la charla aquella frase: de todos los lugares donde la biomedicina lucha contra la enfermedad, los putos campos de batalla donde la gente sangra a raudales son las consultas, los hospitales y los quirófanos. Y además, el panorama, bastante común a veces, de tener gente enferma a la cual es difícil ayudar no debe ser lo más alentador del mundo. Así que es normal que pasado un tiempo algunos médicos lleguen a opinar que con tal de ayudar al paciente todo vale. Pero no todo vale. Porque si haces algo que hace que mejorar al paciente pero no sabes qué es exactamente lo que has hecho y cuáles son sus efectos, eso no es ser buen médico, eso es tener coña.

La suerte tiene su lugar en la vida pero no debe tenerlo en la ciencia. Aunque sea en forma de una función de probabilidad o de un factor que describa la estocasticidad de un sistema biológico, el azar tiene que estar definido. Después de todo, no es lo mismo decirle a un paciente “esto a lo mejor te cura, o a lo mejor te hacemos pasar por un tratamiento para nada” Que decir “sabemos que en el 34% de los casos, los pacientes se curan con este tratamiento”. Aparte, aunque a nivel de un individuo que va a intentarlo todo para curarse los porcentajes puedan importarle un pimiento, conocer y cuantificar adecuadamente la eficacia de los tratamientos es clave para aplicarlos o no a todo el conjunto de la población.

Sin embargo, quizás lo más grave que se desprende de conformarse con que algo funcione sin saber por qué, es la mala praxis científica que puede desprenderse de eso. Un científico, por definición profesional, debe ser lo opuesto: si algo no lo sabes, lo descubres. Y si te faltan recursos, al menos teorizas y ofreces al resto de la comunidad científica un apoyo desde donde resolver ese acertijo que tú, por falta de recursos, no puedes resolver en ese momento. Pero nunca está bien utilizar algo que no sabes cómo funciona. Puede ser práctico y muchas veces compresible, pero siempre se debe recalcar que debe ser un estado provisional y nunca puede ser motivo de orgullo.

Quedarnos simplemente con el resultado sin indagar en cómo hemos llegado a él es un mal vicio que debilita la solidez de nuestro trabajo. Esto es algo a lo que quizás nos está empujando la gran competitividad científica que nos exige resultados impactantes continuamente, como si se sacaran como churros… Esta ansia no es sostenible y es posible que nos esté llevando hacia una deriva que se traduce todos los años en rectificaciones de artículos, retirada de medicamentos, etc… Quizás, nuestras prisas por ser ahora los primeros nos impiden llegar a ser los mejores en el futuro.

Además, no hay que olvidar que la belleza de la ciencia no se encuentra en el producto final sino en el conjunto de las reacciones en cadena que acaban destilando un resultado. Así que, por favor, la ciencia despacio y con buena letra.

Pablo @pjbarrecheguren

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