Hasta hace muy poco “La vivienda siempre sube” o “Estudia una carrera que luego tendrás un buen trabajo” fueron algunos de los mandamientos de nuestra sociedad. Y ambos tenían en común que eran inversiones bastante fuertes de recursos enfocadas al largo plazo. Pero si algo nos ha enseñado la crisis es que hay que tener cuidado donde se invierte.

En la investigación, los científicos invierten constantemente en sus carreras científicas sufriendo, a corto plazo, de unas condiciones laborales bastante regulares. Además, estas arriesgadas inversiones necesitan décadas antes de dar frutos, y sin embargo, todos invierten, ¿por qué?

Quizás es por amor a la ciencia. Especialmente en los jóvenes, la motivación y las exigencias del entorno llevan a muchos a darle duro a esto de la ciencia. Y bueno, como sarna con gusto no pica, currar demasiado temporalmente no tiene por qué ser algo muy negativo. Eso sí, siempre y cuando uno sea consciente de lo que hay y de lo que va a haber. Este matiz es importante porque muchas veces se trabaja con unas expectativas que no son realistas o siguiendo imágenes mitificadas de lo que debe ser un científico; como por ejemplo, la imagen del investigador postrado frente a su microscopio pasando días y noches en el laboratorio. Estas figuras muchas veces forjan falacias como que el científico debe llevar sobre sus hombros todo el peso de la búsqueda del conocimiento. Afortunadamente cada vez está más claro que la ciencia es un deporte de equipo y estas figuras románticas se caen por su propio peso. Y al final uno se da cuenta de que de que no son oro y resultados positivos todo lo que reluce. Es en estos momentos de reflexión donde muchos deciden que esto de la investigación no es lo suyo. Pero pocos la dejan a corto plazo, y como mínimo la gente aguanta los años que le faltan hasta acabar la tesis, ¿por qué?

Cada caso tiene sus propios motivos, pero en casi todos ellos hay todavía mucho amor por la ciencia y un orgullo que te impide dejar las cosas a medias. Pero también hay otro motivo que no se menciona tanto públicamente: dejar un proyecto a mitad coloca a la gente en una situación incómoda. Laboralmente es bastante perjudicial especialmente porque pone en peligro la posición en los artículos aún sin publicar: por mucho que alguien haya trabajado, si se marcha a saber luego en qué posición acaba en el artículo.

Así que por este lado el investigador está cogido por las gónadas. Pero incluso si no es así,  cerrar la etapa investigadora y  pasar a otra cosa, mariposa, es complicado. La gran dedicación que exige la investigación dificulta formarse simultáneamente en otras áreas fuera de ella y además, como los sueldos/becas en ciencia son bastante justitos, es difícil que la gente pueda permitirse unos meses sin trabajo reconvirtiéndose. Ante este escenario y viendo todo lo que ya se ha invertido en la carrera investigadora, es normal que la gente luche con uñas y dientes por estabilizarse hasta que muy probablemente la política científica le dé la patada. Y se la dará. Las cifras que llevan saliendo durante muchos años hablan de que solo un 15-25% de los que entran en investigación consiguen estabilizarse. El resto, en algún momento, deben reconvertirse.

Esto, sin embargo, no tiene porque ser intrínsecamente malo. Podríamos tomar la carrera investigadora como un estado transitorio profesional del cual la mayoría se pasa a otras áreas como empresas, docencia o divulgación. El problema viene de que ahora los investigadores tienen que invertir mucho en sus carreras pero a pocos les va a resultar rentable profesionalmente, y esto hace que el abandono de la investigación normalmente sea un proceso muy duro tanto a nivel laboral como personal.

Así que lo mejor es tener cuidado con lo que se invierte. Bajar un poco el ritmo para pensar bien realmente cuanto debemos trabajar demás y porque. Después de todo, más vale un doctorado feliz en mano que una plaza de catedrático dentro de veinte años volando.

Pablo @pjbarrecheguren

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