En la investigación, leer y publicar artículos es uno de los pilares fundamentales de toda carrera científica. Así que los artículos, y por derivación las revistas científicas donde se publican, son algo muy importante cuando hablamos de ciencia.

Las revistas que publican los artículos están ordenadas según su impact factor (que varía cada año), y son aquellas revistas con un valor más alto, como Nature o Science, las revistas donde en teoría aparecen los mejores artículos. Sin embargo, a veces hay artículos en estas revistas que no cumplen con las expectativas mientras que en publicaciones mucho menos populares aparecen textos que son unas obras de arte. Esto es normal, el sistema de clasificación por impact factor no es perfecto, y todos sabemos que no te puedes fiar solo de la revista para juzgar un artículo científico. Aun así esto no evita que muchos profesionales clasifiquen automáticamente los artículos en buenos o malos según la revista donde están publicados aunque no se hayan leído el texto, ¿por qué? Porque es cómodo. Pero es una mala práctica que se ha generalizado en la comunidad científica.

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Al igual que otros prejuicios, prejuzgar el trabajo de alguien y el nuestro en función de la revista donde se ha conseguido publicar no es nada profesional. Es como juzgar las películas por las distribuidoras. Pero lo peor es que aparte de una malísima práctica, hacer girar toda la ciencia entorno a los criterios de las revistas más prestigiosas se ha convertido en una forma de elitismo científico. Después de todo, no todos los laboratorios se pueden permitir los experimentos, ni los costes de publicación en esas revistas, para tener un artículo en las revistas más populares; este filtro económico hace que publicar en estas revistas pueda ser más una cuestión de dinero que de talento: como le dijo una vez el jefe de un laboratorio a un colega mío “no te preocupes aunque el proyecto vaya regular, casi nadie puede usar las técnicas que nosotros usamos así que con ponerla en el artículo y tomar unas buenas imágenes para las figuras, si nos salen un poco bien las cosas nos sacamos como mínimo un Nature Communications o un Cell” Y es que usar ciertas técnicas o modelos de experimentación da puntos para salir en estas revistas cuando en verdad, a veces, debería restarlos. A veces su uso es innecesario y hay otras técnicas más populares y baratas que se hubieran podido usar igualmente pero claro, las usa todo el mundo y dan imágenes menos vistosas. En cierto modo estamos centrándonos demasiado en el impact factor y muy poco en el contenido. Esto ha llevado a situaciones absurdas donde revistas que llevan décadas publicando buenos trabajos hayan caído en desgracia, al caer su impact factor porque tratan temáticas menos populares actualmente, aunque los trabajos publicados en esas revistas han mantenido el nivel de solidez experimental en los artículos. Con los números por delante, hay revistas con buenos trabajos científicos que son en teoría varias veces peores que otras. Por ejemplo, ¿es Development (impact factor 6,5) casi siete veces peor que Nature (42,4)? Yo creo que no.

Sin embargo, no toda la culpa la tienen las revistas porque aquí lo preocupante es la actitud de gran parte de la comunidad científica. ¿Cuántas veces cuando alguien nos dice que ha publicado un artículo lo primero que preguntamos es dónde lo ha publicado en vez de sobre qué? O el hecho de que aquí todos criticamos el sistema de publicaciones hasta que nos publican en Nature o Science y corremos a publicarlo en Facebook, y todos nuestros colegas corren a ponernos likes y felicitaciones en los comentarios sin haberse leído el texto. Como grupo social necesitamos trabajar un poco menos y pararnos a hacer algo de autocrítica. Es normal que preguntemos sobre la revista porque ahora mismo es algo muy importante profesionalmente, pero que esto no haga que nos olvidemos del contenido. En la ciencia de verdad no hay sitio para marcas o revistas guays y revistas no-guays, hay sitio para buenos trabajos metodológicamente hablando y malos trabajos. Y punto. Y para distinguirlos no hay que leer la revista donde están publicados, ni el título llamativo ni el abstract: hay que leer todo el texto y reflexionar sobre él. Así que dime dónde publicas, déjame leer el artículo, y te diré que científico eres.

Pablo (@pjbarrecheguren)

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