¡Ya estamos en pleno calor veraniego! Dejando aparte la rivalidad de quien prepara el mejor gazpacho, hay dos noticias que destacan este verano en el ámbito científico. Aun separadas en el tiempo solo por unas semanas, su impacto mediático fue muy diferente. Y como es previsible en un mundo de realities, la noticia con menos contenido científico fue obviamente la que más interesó. La locura que ha desatado el lanzamiento de Pokémon Go, un juego de realidad virtual que consiste en atrapar cuantos más Pokémon mejor, sorprendió incluso a los más frikis de los videojuegos. Decenas de personas empanadas con el móvil pasean y se caen, cual zombies, a diario por las calles de tu barrio, entran  en la carnicería de Conchi o al bar de Manolo a la búsqueda de estos peculiares bichos. Una técnica de realidad aumentada que aunque tiene su tecnología, no tiene tanto impacto científico como la segunda noticia científica del verano.

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La noticia fue una simple carta. Algo analógico. Nada de un formato moderno de realidad aumentada. Un papel escrito de toda la vida firmada por más de cien premios Nobel, también de toda la vida, en la que le echaban una buena reprimenda a Greenpeace por el rechazo a TODO tipo de alimentos transgénicos.  Y es que dicha organización parece que ha tergiversado los riesgos e impactos de las plantas transgénicas sin diferenciar unas variedades de otras. Excluyendo incluso aquellas variedades que podrían aportar múltiples beneficios a la sociedad y que han sido producidas de una manera independiente a los intereses de las grandes empresas. Este el caso del arroz dorado, una variedad de arroz modificado genéticamente y con color de paella recién cocinada. Un arroz capaz de producir mucho beta-caroteno, el precursor de la vitamina A, y así ayudar a reducir enfermedades causadas  por deficiencia de dicha vitamina como la ceguera en niños desnutridos.

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Arroz no transgénico (izquierda) y arroz dorado (derecha). Fuente: www.deis.com

110 premiados sobre todo en el ámbito de la medicina y la química, las dos disciplinas Nobel mejor capacitadas para poder evaluar el impacto científico en sí de las plantas transgénicas. Todos ellos junto con 276 instituciones científicas, la mayoría ubicadas en Europa, se basan en más de 2.000 estudios científicos realizados  para concluir que “los alimentos transgénicos no presentan un riesgo mayor para el consumo humano y el medio ambiente respecto al alimento convencional “.

Cuando hace poco más una década se empezó a hablar intensamente sobre el cambio climático, todos las asociaciones ecologistas y la gran mayoría del ciudadano de a pie, se fiaban plenamente de la opinión de los científicos, incluso cuando los estudios que se estaban haciendo en aquel momento no eran muchos. Lo mismo sucedió con los descubrimientos aplicados al ámbito sanitario como el buen uso de los antibióticos y las vacunas. Nadie puso en duda la opinión de los científicos sobre el uso correcto, que no abusivo, de dichas sustancias terapéuticas.

Si esto es así, entonces ¿por qué sin embargo se pone continuamente en duda la opinión con conocimiento de causa de más de un centenar de premios Nobel y miles de científicos especializados en el ámbito de la modificación genética de plantas?

Quizá la respuesta se encuentre en nosotros, en nuestra propia sociedad humana. Y es que en los últimos siglos, nuestros antepasados se opusieron antes que nosotros a muchos de los avances tecnológicos porque se percibía un riesgo de  pérdida ya fuera a nivel cultural, social o económico. Como bien recoge Calestous Juma en su libro Innovación y sus enemigos (Oxford University Press), en los últimos 600 años muchas innovaciones con las que hoy no podríamos entender el mundo fueron vetadas durante décadas. Entre ellas se encuentran la endemoniada electricidad, las peligrosas neveras, los tractores (no solo los amarillos), la maléfica imprenta o algo tan irrelevante como la margarina. La inofensiva margarina tardo muchas décadas en ser aceptada en la sociedad americana, debido a que el lobby de la industria mantequillera estableció una incesante guerra contra este alimento tan anti-americano.

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Conociendo este progreso histórico, y viendo como varios de los Pokémon que son calcomanías de plantas transgénicas han sido ya aceptados por la sociedad y pueden pulular libremente, aunque por ahora sea tan solo virtualmente, por cualquier rincón del mundo; está claro que en pocas décadas la gran polémica sobre los transgénicos pasará a ser una anécdota más de la historia de la humanidad.

Luis Matías-Hernández (@luismatiasher)

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