Como dijo Sabina. Vivimos unos tiempos confusos. Dominados por una sociedad de la información desinformante, con una preocupante proliferación de telebasura, fast food cultural e intelectual, charlatanes, embaucadores y timadores varios, un auténtico cocktail mortal contra el pensamiento crítico y la razón. Un campo minado para la ciencia y el conocimiento en una ciudadanía que le da completamente la espalda. Una sociedad donde la cultura, el conocimiento y la ciencia no ocupan el lugar que deberían. Y sin embargo… el mayor enemigo del divulgador científico es otro divulgador científico. Desconcertante.

Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Rigor. Nos lo repetimos hasta la saciedad: Rigor. Es la prioridad número uno del divulgador y del científico. El rigor. Lo tenemos presente continuamente en nuestra cabeza. Rigor. Rige nuestras vidas de comunicadores. Rigor. ¿Hasta dónde? ¿Hasta qué punto? ¿Qué estamos dispuestos a hacer por él? ¿Hasta caer en el extremismo? ¿Debemos fundar La Santa Inquisición del Rigor? Pero este artículo no va sobre el amado rigor.

Error. Posiblemente no haya nada más humano que el error. Me he equivocado en el colegio, en el instituto, en la universidad, en el máster, en el doctorado. He visto errar a compañeros, a profesores, a las personas más formadas, a las más preparadas; también en el CERN, a estudiantes, a doctores,… Einstein, Lord Kelvin, Eddington cometieron errores famosos aún siendo auténticos genios. ¿Quién es inmune al error? Pero este artículo tampoco va sobre errores.

Homo Twiteriensis. Es un nuevo ser que ha surgido en la última década. Es un ser duro, implacable, listo para la crítica feroz. Blande la espada del rigor de la Santa Inquisición para castigar a cualquier infiel que ose equivocarse. Una auténtica guerra santa. Este cruzado va a ensañarse con tu error, va a hacerlo notorio, va a someterte al escarnio público hasta que tu mucha o poca reputación, tan importante para un científico y divulgador, quede totalmente mancillada. Te dejará en evidencia, te desacreditará, manchando tu crédito científico. Y lanzará un twit público, mordiente, venenoso, justiciero, porque él es el que sabe de verdad. De hecho él lo sabe todo, él nunca se equivoca y además lo explica mejor que tú. Relee su propio twit, le gusta. Cada palabra está pensada y medida para que caiga por su propio peso, para sentar cátedra y elevarle sobre el resto, sobre ti. Y te etiqueta, claro, para que puedas ver la cara de tu verdugo antes de que se dicte su veredicto final. “Yo sí que sé y me siento mejor demostrando que tú no sabes”.

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Fuente: http://www.cuantarazon.com/

El Homo Twiteriensis levanta la cabeza del ordenador o guarda el móvil, se gira y se transforma en un Homo sapiens sapiens, como tú. Una persona correcta, social, que entiende de honor y de ética. Esa misma persona que hace un minuto te había crucificado, resulta ser una persona con educación. ¿Qué ha pasado? Me temo que algo parecido a lo que le ocurre al Homo conductorus, esas personas tan amables y agradables que se convierten en monstruos al volante, en máquinas de insultar, despreciar, que no tienen reparos en comportarse de forma ruin o mezquina cuando están en la carretera. ¿En qué nos convierte Twitter? ¿En qué nos transforma la impunidad del anonimato de los 140 caracteres?

Lo han adivinado, de lo que sí va este artículo es sobre la ética profesional. Sobre un barco, que se llama ciencia, que se llama divulgación, que se hunde un poco más cada vez que alguien se ensaña públicamente con un compañero de profesión. No es una opinión, un debate, es un ataque a la honra y profesionalidad de un compañero. Y de manera desleal, te sueltan en un ruedo en el que tú no quieres estar. Sin querer entender tu posición, tus circunstancias, tus intenciones, tu aproximación al tema. Tú quieres discutirlo en persona, tete a tete, contrastar ideas, visiones diferentes, aprender y compartir tu experiencia. Tú lo que quieres es una posibilidad de réplica, o simplemente, si estas equivocado, enmendar tu error. Tú no quieres una puñalada, tú quieres una venda.

Por suerte, en mi corta pero plagada de errores experiencia divulgadora, he contado con el respeto y la opinión constructiva de expertos y público en la grandísima mayoría de las veces. Pero me cuesta entender los motivos que llevan a alguien a atacar de esta manera a un compañero. Me parece deshonesto, desleal, miserable, ruin. Una actitud a la vez cobarde y soberbia. Un comportamiento que hace daño al que lo recibe pero sobre todo al colectivo, dañando la reputación de uno de sus miembros. En un mundo donde la ciencia está tan lejos del lugar que le corresponde, donde se necesita de la unión y solidaridad del bloque para hacer frente a una cultura acientífica y vacía en fondo y forma, es en este mundo donde el mayor enemigo de un divulgador es otro divulgador. Este es el canibalismo científico.

Javier (@JaSantaolalla)

 

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