Hace unas pocas semanas se dio a conocer una de esas noticias que se producen muy de tarde en tarde y que los científicos califican con adjetivos tan elocuentes como revolucionaria, trascendental o histórica: el descubrimiento del exoplaneta Próxima b. Pero si ya se han encontrado más de 3500 exoplanetas, ¿por qué este caso fue tan importante como para copar las portadas no solo de las revistas especializadas sino también de telediarios y prensa generalista? Pues, en pocas palabras, porque Próxima b parece ser un exoplaneta muy parecido al nuestro, con características que podrían hacerlo habitable y orbitando, nada más y nada menos, que en torno a nuestra vecina más cercana, Próxima Centauri (Próxima para los amigos), situada a tan solo 4.2 años luz de nuestro Sol. A raíz de este descubrimiento tomó además un interés especial el proyecto Breakthrough Starshot (Starshot para los amigos, que son los mismos cuatro frikis de antes), una iniciativa cuyo objetivo es enviar la primera sonda a las estrellas. Aunque Starshot ya se había fijado en el sistema Alfa Centauri como objetivo por eso de que es el más cercano a nosotros, el descubrimiento del exoplaneta Próxima b ha hecho que se focalice la atención sobre Próxima, que parece ser (no está del todo claro) una de las tres estrellas que lo forman.

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La importancia del descubrimiento de Próxima b es tal que ha merecido ser portada de la revista Nature, tal vez la publicación científica más prestigiosa del mundo, con el permiso de Science y de BigVanBlog. Por si fuera poco, los primeros autores del estudio… ¡son españoles! Y algunos… ¡incluso trabajan en España! ¡TOMAAAAAA…!

            Pero vayamos por partes: ¿tan cerca está este nuevo exoplaneta? ¿Cuánto son cuatro años luz? La mejor forma de entender las enormes distancias a nivel estelar es reducirlas a escalas humanas, a dimensiones que somos capaces de interpretar. En este caso, la comparación resulta la mar de gráfica a través de una analogía muy intuitiva: supongamos que reducimos el Sol al tamaño de un garbanzo y lo colocamos en el punto central de un campo de fútbol. Para mantener las proporciones reales la Tierra tendría que ser del tamaño de un grano de arena y orbitar a un metro de distancia. Pues bien, si explicaras este modelo a la gente de la calle y luego les preguntaras que a qué distancia piensan que estaría la estrella más cercana, la mayoría te diría que en las áreas, en las porterías o en el banderín de córner. Sólo algún listillo te respondería que está en las gradas y, tal vez, algún aficionado a leer noticias de ciencia la colocaría fuera del estadio. La realidad es que incluso en este modelo reducido Próxima quedaría muy lejos: no sólo fuera del estadio, sino incluso de la ciudad, de la provincia y muy probablemente de la comunidad autónoma. Concretamente, a unos 270 kilómetros de distancia del garbanzo. Conclusión: no, Próxima no está próxima (lo siento, me lo han puesto a huevo).

            ¿Entonces…? ¿Qué pasa, que nadie les ha explicado a los responsables de Starshot lo del garbanzo y el campo de fútbol? ¿Cómo van a mandar una sonda hasta allí si está tan lejos? Y, aunque lo consiguieran, ¿cuánto tardaría en llegar? Bueno, empecemos diciendo que la misión no enviaría una única sonda, sino que lanzaría un enjambre de ingenios de pequeño tamaño, bajo consumo y coste reducido, para así aumentar la probabilidad de que al menos alguno de ellos consiguiera alcanzar su objetivo. Este ejército de nanodispositivos electrónicos no se mandaría de una sola vez, sino de forma escalonada en el tiempo, de modo que habría siempre minisondas a distintas distancias del objetivo que funcionarían como repetidores en una red de comunicaciones entre la Tierra y Próxima b. Las minisondas tendrían el tamaño de un chip electrónico, aunque para impulsarlas se usarían velas de unos 2 x 2 m, que se propulsarían mediante un láser de gran potencia situado en la superficie terrestre. Según los expertos, usando esta técnica se conseguirían velocidades impensables con los combustibles químicos actuales: un 20% de la velocidad de la luz, nada menos. Así las cuentas son fáciles: si la estrella está a 4’2 años luz, las minisondas tardarían cinco veces más. O sea, unos veintiún años, a los que habría que sumar los cuatro y pico que tardaría la información que transmitieran desde allí en forma de ondas electromagnéticas. Total, que en unos veinticinco años desde el lanzamiento, que se estima que podría ser dentro de unos veinte, podríamos tener información sobre lo que se cuece en el planetita. ¿Se puede hacer? En mi modesta opinión de ingeniero dedicado a proyectos mucho más mundanos, hace un par de meses yo habría dicho que no, al menos a corto plazo. Sin embargo, viendo quién está detrás del proyecto qué menos que darle un voto de confianza. Y no es que me impresione que dos de sus mecenas sean multimillonarios tan implicados con la ciencia y la tecnología como Mark Zuckerberg y Yuri Milner, no. Lo que me da un voto de confianza es que el tercer padrino es Stephen Hawking, y viendo cómo está el pobre hombre no creo que entre en sus planes perder el tiempo en tonterías.

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Fuente: Breakthrough Initiatives

            ¿Y qué pasa si lo conseguimos? ¿Encontraríamos vida en Próxima b? Pues esto es objeto de intenso debate. Hay quien dice que las enanas M como Próxima son demasiado activas para permitir que se desarrolle la vida, y que además los planetas en su zona de habitabilidad estarían tan cerca que presentarían anclaje por marea. Es decir, que ofrecerían siempre la misma cara a la estrella (como sucede con nuestra Luna), por lo que un hemisferio tendría temperaturas abrasadoras y el otro sería un desierto congelado. Sin embargo, los defensores de la posibilidad de vida argumentan que bajo ciertas condiciones el anclaje puede no ser total, sino producir lo que se conoce como resonancia orbital. Este es el caso del planeta más próximo al Sol, Mercurio, que presenta una resonancia de tipo 3:2 (gira sobre sí mismo tres veces por cada dos vueltas al Sol). Para que se produzca este tipo de resonancia la órbita tiene que tener una cierta excentricidad, pero no tanta como para hacer al planeta incompatible con la vida. Siguiendo con el ejemplo más cercano, la excentricidad de la órbita de Mercurio es de 0.2, lo cual, hablando en cristiano, quiere decir que se parece más a un kiwi que a un melón. O sea, que sería perfectamente posible que un planeta presentara resonancia tipo 3:2 manteniéndose durante todo su año dentro de la zona de habitabilidad. De hecho, es posible que una cierta excentricidad fuera beneficiosa para la vida, ya que podría producir estaciones incluso en el caso de que el eje de rotación del planeta no estuviera inclinado, como sucede en la Tierra. (Bueno, ¿y qué más da eso? ¿Es que acaso no se podría vivir sin estaciones? Pues igual sí, pero sería muy aburrido. Sobre todo si te toca un planeta sólo con invierno). En cualquier caso, incluso si el anclaje por mareas en Próxima b fuera del tipo 1:1, tal vez en la zona de transición entre el día y la noche podría haber una estrecha franja con temperaturas templadas que permitirían al menos el desarrollo de formas de vida simple. (¿En serio? ¿Vida simple en una franja estrecha? ¡Venga, Dios, que has creado cosas tan chulas como el tiranosaurio o el tigre de dientes de sable! ¡Puedes hacerlo mejor!).

            Otro posible problema para el desarrollo de vida en planetas que orbitan enanas M es la gran actividad de este tipo de estrellas en forma de fulguraciones de alta frecuencia (ultravioleta y rayos X), al menos durante sus primeros millones de años de vida. No obstante, un reciente estudio de la Universidad de Cornell propone como mecanismo de defensa ante estas fulguraciones la biofluorescencia, un fenómeno mediante el cual determinados corales y otros organismos de nuestro planeta absorben las radiaciones ultravioleta y las transforman en longitudes de onda dentro del espectro visible. Vale, no es un tigre dientes de sable, pero brilla por la noche. A que mola, ¿eh?

 

Miguel(@MAbrilMarti)