¿No has oído hablar de él? Anda que no es fantástico, un árbol que en vez de darnos limones, peras o manzanas produce nada menos que unos rollizos gansos. Se lo tengo que contar a mi gordólogo – mi endocrinólogo –  que me tiene podrido a comer espinacas y acelgas en la dieta hipocalórica que me ha preparado. Por fin un producto vegetal que da carne, y no el corcho gelatinoso de tofú con el que quiere engañarme.

Parece ser que parte de esta historia de un árbol que da gansos tiene que ver precisamente con las restricciones dietéticas durante la Cuaresma. Si los gansos procedían de vegetales, podían ser consumidos tranquilamente por los monjes en las abadías en ese periodo de abstinencia de carne: “En definitiva – razonaban los orondos clérigos – los gansos son como los peces, tienen aletas en vez de patas”.

La historia de este curioso espécimen vegetal nos viene de antiguo. El árbol de los gansos figura en el capítulo “De los frutos que tienen dentro un animal de carne, hueso y sangredel  Libro de las Maravillas del Mundo del viajero, al parecer imaginario, John Mandeville. Esta gozada de libro lo puedes leer en inglés antiguo si te va la marcha anglófila, o en la traducción al castellano editada en Valencia en 1540. Nuestro Juanito (aquí se le llamo Juan de Mandavilla) presume de que en Inglaterra existían unos árboles llamados barnaclas que producían frutos que se volvían pájaros rápidamente y que podían ser comidos directamente por los hombres. La historia del árbol explicaba así el origen de unas grandes aves que aparecían en los inviernos británicos, y de las que nunca se habían visto ni sus nidos ni sus huevos. Se trataba y se trata de las barnaclas (Branta leucopsis), una especie migrantoria que cría más al norte, en el Ártico.

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El árbol de los gansos. “Cosmographie Universelle” Munster, 1552.

 

Mandeville recogía una vez más una historia que se repetía en una y otra vez en los bestiarios medievales. Como vemos, el plagio no es cosa sólo de rectores de universidad. Uno de los padres de la zoología, Gessner (1516-1565), bastante escamado de las historias de animales fantásticos, trató de confirmar el relato, concluyendo únicamente que la causa principal de la procreación de estas criaturas estaba en el mar.

Lo cierto es que el árbol de los gansos existe, aunque parezca increíble. Lo podemos ver en un paseo por la playa si encontramos un tronco que haya estado flotando en el mar durante algún tiempo. Veremos moverse a unas pequeñas criaturas colgadas por sus picos a las ramas de los árboles, con sus plumas y alargados cuellos. No es raro que con esas evidencias los antiguos observadores de la naturaleza pensaran en un árbol que producía gansos. Pero eso que estamos viendo sobre el tronco no tiene nada que ver con un ave.

Hoy en día no nos sorprenderíamos tanto: cuando paseamos por la playa los objetos flotantes que encontramos en la orilla no suelen ser ramas de madera, sino la inmensa basura flotante que tiramos al mar: ruedas, boyas, bidones… y un largo etcétera de objetos de plástico. O de vidrio, como puedes ver en la fotografía. Y sobre ellos también crecen nuestros “gansos”.

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La botella de los gansos. El percebe de la madera, Lepas anatifera creciendo sobre una botella. Foto: Juan Junoy.

Con la foto desvelamos el misterio.  Los “gansos” son criaturas marinas que se fijan a objetos flotantes y cuya forma tampoco nos es totalmente desconocida. Se trata de un percebe, el percebe de la madera (Lepas anatifera). El largo cuello es el pedúnculo del percebe, mientras que las plumas son los cirros, patas modificadas que, con su batido en el agua, dirigen la comida hacia la boca. Mientras que su pariente gastronómicamente apreciado crece sobre las rocas, el percebe de la madera lo hace sobre objetos que flotan en el mar. Antiguamente, solo lo hacía sobre los troncos de los árboles y de aquí surgió la leyenda. Pero como sigamos arrojando basura al mar, cambiará de nombre, siendo más apropiado llamarle el percebe del plástico.

De esta fantástica historia nos quedan dos restos semánticos. En primer lugar, el nombre científico de este percebe, Lepas anatifera, que podríamos traducirlo como “el que lleva los patos”.  En segundo lugar, en el idioma inglés. Las dos especies ligadas en la historia comparten nombre. Los percebes son barnacles, mientras que las aves llamadas barnaclas, son barnacle geese.

Finalmente, tengo malas noticias gastronómicas. A pesar de que pueden ser abundantes en la costa sobre los objetos arrojados por el mar, no se comen.

Siempre te quedará la posibilidad de comerte un ganso relleno como consuelo. Y ya veremos lo que opina el gordólogo sobre esto en tu próxima visita.

Juan Junoy (@Juan Junoy)

 

 

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